La oscuridad antes de mi amanecer

(Esta es la continuación a la primera parte, titulada: El testimonio que nunca di en la iglesia)

Setiembre del 2007. Comienzo de mi estación favorita del año, y una de las razones por las que me encanta vivir en el estado de Virginia. Dentro de poco las hojas cambiarían de color, el clima se haría mas fresco, con lloviznas y días soleados intercalados. Adentro mío también estaba a punto de experimentar un cambio drástico. Cada parte de mi vida cambaría de color durante los meses siguientes.

Un año atrás, en medio de mi maestría en psicología que estaba cursando, había caído en depresión de nuevo. No lograba prestar atención ni completar mis lecturas y tareas. Mi profesora guía me aconsejó tomarme el verano libre y le hice caso. Aprendí a surfear, y pase días enteros en una playa que quedaba a 40 minutos de casa. Pase horas sentado sobre la tabla, moviéndome al ritmo de suaves olas, con el sol en mi espalda y las piernas dentro del agua fría, esperando la ola perfecta. Cuando esta aparecía, y yo la lograba agarrar, con el viento en la cara y la sensación de balanceo sobre la tabla mientras me acercaba a la playa,  mi mente dejaba de preocuparse por el mañana. Todas las voces dentro mío se callaban y solo oía el viento, las olas y las gaviotas. El ejercicio de volver a nadar mar adentro y la adrenalina del deporte fue una de las mejores terapias que experimente.

Logré recuperar las clases perdidas, excepto a una. Tuve que tomar esa materia mientras ya había conseguido trabajo en otra ciudad, así que vivía en dos apartamentos. Los viajes me proveían de mucho tiempo a solas, escuchando música y reflexionando. Ya me había salido de la iglesia. Me pasaba los domingos visitando diferentes lugares con la esperanza de encontrar otro hogar espiritual. En ocasiones sabia que no seria aceptado en ciertas iglesias, pero la sensación de estar en un ambiente conocido a veces me daba esperanza. Me imaginaba siendo parte de ese grupo de personas, junto a mi novio y luego mi esposo.  Podría ser que le conocería allí? A veces me reía de mi mismo por mis tontas fantasías. Dentro mío sabía que nunca seríamos aceptados.

Desde chico se me había enseñado que los cristianos eran los únicos verdaderamente felices. Todo el resto del mundo podría sentir cierta alegría, pero no la plenitud y satisfacción que solo Dios podía dar. Me preguntaba si podría tener esa felicidad plena a pesar de ir en contra de la mayoría de los cristianos. Había descubierto que otras enseñanzas de mi niñez no estaban basadas en la verdad. Mas bien estaban basadas en creencias culturales, como la interpretación de que los homosexuales “no heredarían el reino de los cielos”. Después de estudiar el origen de ese versículo del libro de Corintios, había aprendido que la palabra homosexual se había agregado a principios del siglo XX. El mismo versículo anteriormente había sido usado para hablar de la masturbación y otros comportamientos, ya que en vez de la palabra “homosexual”, el lenguaje original usaba una combinación de las palabras hombre-cama. La palabra usada originalmente no era una palabra conocida ni en tiempos de la Biblia, por lo tanto realmente no estaba claro que fue lo que verdaderamente quiso decir el autor. Sin embargo, yo había leído ese pasaje desde mi niñez y aceptado que se trataba de mi. El mismo versículo también hablaba de los “afeminados”. Siendo que yo tenia movimientos amanerados, jugaba con muñecas, me llevaba mejor con niñas que niños en mi niñez, uno de mis mayores complejos siempre había sido que era demasiado afeminado. En el colegio se habían burlado de mi, y sin duda percibía la desaprobación de la sociedad. A veces abiertamente, y muchas veces sin uso de palabras. Había intentado cambiar mi manera de ser toda mi vida, sabiendo que mis movimientos, mi manera de hablar y mis gustos revelarían mi secreto. Sabia que no podía cambiar esa parte de mi.

Los afeminados no heredarán el reino de los cielos. No tenia sentido! Como podría ser que alguien sea maldecido por como era? No era Dios el que lo había creado? Yo no había elegido la manera en que me movía o hablaba. Sin embargo la mayoría de las personas que conocía dentro de la iglesia evangélica no cuestionaba este versículo. Cada uno tenia sus interpretaciones alternativas a como se entendía este texto, de manera que pueda caber en su propio concepto de Dios.

Me pasaba días enteros reflexionando sobre estos temas. No podía dejar de creer en un Ser Supremo pero estaba dejando de creer que la Biblia era un libro con una moral definitiva. Después de cada día que pasaba en la playa, me sentaba mirando el atardecer sintiendo una suave brisa que me envolvía y me llenaba de paz. Algo dentro mío me decía que estaba cerca de recibir una gran revelación. Lo podía sentir. Aprendí a dejar de lado la ansiedad y vivir en el momento. Sentía la arena bajo mis pies y el agua salada sobre mi piel. A veces derramaba una que otra lágrima, pero más y más sentía una fuerza que nunca antes había conocido formarse desde dentro mío. Cuando terminó el verano, esos momentos los viví en el carro, viajando de una ciudad a otra entre mis dos departamentos.

En una conversión que tuve con mi roommate (amiga con quién compartía el departamento), exprese que no estaba seguro de si estaba correcto o no tener una relación homosexual, pero que si conociera a un chico que cumplía con algunos requisitos, saldría con el. Mi roommate contesto que entonces yo ya había tomado mi decisión. Me di cuenta de que tenia razón. Yo estaba listo para el siguiente paso. No tenia duda de que ser homosexual era algo natural. No cuestionaba si Dios aprobaba o no que los homosexuales formen relaciones amorosas. Había conocido hombres y mujeres gays cristianos que vivían una vida hermosa. Sabia que la masculinidad y la homosexualidad no estaban relacionadas y que mi orientación no me hacía menos hombre. Mi psicóloga me dijo que cada vez que yo hablaba de que era homosexual, levantaba mi cabeza con seguridad y la miraba con una miraba fija y llena de paz. Estaba listo para dar el siguiente paso, pero me costaba expresarlo en voz alta.

Por otro lado, todavía temía lo que sucedería si gente en Paraguay se enteraba. Mi temor seguía siendo que mi padre moriría de un ataque del corazón. Mi abuelo había fallecido corto tiempo antes. No recuerdo si fue en ese entonces o un poquito después que a mi tío se le diagnostico cáncer. El dolor de perder a su padre y su hermano, además del estrés laboral de mi padre era visible. Seria yo el que lo empujaría al precipicio? Mi madre había luchado con depresión por muchos años. Yo siempre había sido el “hijo bueno”. Tenia una relación muy cercana con ella. Mi manera de ser posiblemente había jugado un papel en la relación que teníamos. Amaba (y sigo amando) a mi madre por sobre todas las cosas. Si me salía del closet con ella… podría ser que nunca se recuperara de su depresión. Mi salida hacia ellos significaba revelarles que no era la persona que ellos siempre habían conocido. Lo que toda la vida había escondido con todas mis fuerzas, saldría a la luz. Todo lo que admiraban de mi había sido una mentira. Tenía una vida paralela que representaba lo mas repugnante para ellos. Unos años atrás les había escuchado decir que tener un hijo homosexual sería lo peor que les podría pasar. Su hijo era un homosexual… desde su perspectiva, esto era sinónimo de desviado sexual, degenerado. Inevitablemente, serían inundados de imágenes de su hijo en relación sexual con otro hombre. Para ellos, homosexual todavía significaba sexo mas que nada. Y sexo en la versión mas sucia y desagradable posible.

Pero, yo ya no compartía esa imagen y quería tener una relación saludable y comprometida con otro hombre. Quería, como la mayoría de las personas, encontrar al amor de mi vida. Consecuentemente, no podía seguir con este secreto. Algo tendría que cambiar. El riesgo era grande y podría perderlo todo. Pero más que nada, no era solo yo el que saldría lastimado, sino que estaba jugando con la felicidad de otros. Podría arruinarles la vida. A través de mi carrera había aprendido que la ansiedad nos infunde temor. El temor generalmente se presenta en extremos. El temor era que mis padres mueran, que yo sea echado de mi familia y rechazado por todas las demás personas. Quizás lastimado físicamente, pero peor seria perder todos los lazos emocionales mas importantes de mi vida.

En años anteriores ya me había “salido” a mis hermanos. En ese entonces les había presentado mi orientación como “tentaciones” contra las cuales estaba luchando. En ese entonces me habían ofrecido su apoyo, pero no sabía si sería igual una vez que yo acepte vivir abiertamente fuera del closet. Mi hermano menor no era parte de la iglesia evangélica a donde iba mi familia, y salirme a el fue mas fácil. Su respuesta fue, “Pensás que me importa un carajo? No sabes la cantidad de amigos putos que tengo. Pará de disculparte. Sos lo que sos, boludo, ya esta!” Su manera tan personal de transmitirme su aprobación me sorprendió y abrió los ojos. No todos responderían con lágrimas y desilusión.

Tenia planeado ir a visitar a mi familia por navidad y pasar unos días con la familia en Brasil. Decidí que si iba, tendría que salirme a mis padres. Compartí mis pensamientos con mis hermanos. Me sorprendí cuando respondieron con mis mismos temores. La respuesta fue que no era un buen momento. La respuesta que yo escuche fue, “Lo que sos es tan feo, que es mejor esconderlo. Vas a matar a tus padres. Mejor guardá el secreto.” Un balde de agua fría derramado encima mío cuando menos me lo esperaba.

En los días que siguieron, la ansiedad fue aumentando de nuevo. Considere opciones para que mis padres nunca se enteraran. Podría salvarles la vida si seguía escondido? Podría tener dos vidas en países diferentes? Habría alguna otra “versión” o “explicación” que podría darles, que cause menos daño? Los sentimientos de culpa me inundaron de vuelta. Si no fuera por mi, mi familia podría ser feliz. Yo estaba a punto de arruinarlo todo. Que diría la sociedad? Serían juzgados mis padres por la gente de la iglesia? Que les dirían sus amigos y familiares? De seguro se avergonzarían de mi. Y en el caso de que me aceptaran… como serían vistos por otros? Tendrían que pasar por todo lo que yo pasé? Muchas preguntas. Las respuestas me provocaban tanta ansiedad que comencé a cuestionarme como sería su vida si yo no existiera mas.

Nunca antes había entendido como alguien podría considerar el suicidio. Me parecía una opción para cobardes. Solo los que no sabían como enfrentar una situación difícil elegían cometerlo. Consideré mis opciones. Podría revelarles a mis padres que era un monstruo, un degenerado (en sus ojos) y matarlos del sufrimiento. No se podrían perdonar, asumiendo toda la culpa por haberme criado mal. La otra opción seria que yo desapareciera. Sufrirían por la perdida, pero mantendrían la imagen que tenían de mi. Las emociones me tenían la mente nublada. Estaba tan confundido! El peso de mi niñez volvió a caer sobre mis hombros. Todos los secretos que había guardado por tantos años estaban por ser revelados. Gente homosexual muere en todo momento alrededor del mundo. Maltratados, violados, físicamente abusados. No había escuchado ni una sola vez que alguien en Paraguay se levante a defender a los homosexuales abusados por la sociedad. No esperaba recibir apoyo alguno.

Estaba solo. Toda la vida había contado con amigos, mi pastor, grupos de oración o mi familia cuando los necesitaba. Esta vez arriesgaba perderlo todo. No sabía de ni una sola persona que viva abiertamente en mi país. Podría ser que después del rechazo nunca vuelva al Paraguay? Después de la perdida de mi “familia espiritual”, posiblemente podría enfrentar la pérdida de mi familia y mi país. Hoy en día se que esos temores eran tan extremos! La persona que se sale del closet arriesga todo. Aunque parezca exageradamente dramático, en ese momento uno piensa que son todas posibilidades realistas (y para muchos lo son).

Me di cuenta de que la persona que considera el suicidio no necesariamente piensa en el acto de matarse, sino en el deseo de dejar de ser. Esta segunda opción parecía prometer un descanso del temor y la inseguridad que había sentido desde chico. La nada para mi, y un desviado sexual menos para el resto del mundo. Parecía un trato justo. Recordé que hace tiempo en una reunión con amigos, alguien dijo que quería meter a todos los “putos” en un edificio y quemarlos. Las otras personas presentes se rieron. Considere mis opciones. Pensé en maneras de desaparecer. Siendo que vivía en dos ciudades, las personas en cada ciudad asumirían que estaba en la otra. Nadie saldría a buscarme por unos días, lo cual asegurarían que nadie me interrumpa o me salve. Pensé en los detalles de cómo lo haría. Durante ese tiempo, mi ansiedad se redujo. Estaba lejos de sentirme feliz o en paz, pero sentía una ausencia de emociones que me daba una sensación de descanso. Creo que esa ausencia de emociones cumple un rol importante cuando alguien esta a punto de cometer un acto tan trágico. No tenia deseos de escuchar música, no prendía la TV, apenas comía. Parecía estar en piloto automático.

Un domingo a la noche iba manejando de vuelta a la ciudad donde trabajaba, y donde compartía el departamento con mi amiga. No había tráfico. Eran alrededor de las 11pm. Note que iba pisando mas fuertemente el acelerador. Sentía una ausencia de emociones que nunca había conocido antes. Parecía que estaba testeando si sentiría algo si iba a una velocidad mas alta… Iba tan rápido que podría perder mi licencia si se me descubría. Pensé en la posibilidad de chocar el carro.

En ese momento sonó mi teléfono. Era mi amiga. No atendí. El sonido del teléfono era lo único que se escuchaba. Hasta que paró. Luego sonó el “bip” anunciando de que mi amiga había dejado un mensaje de voz. Bajé la velocidad. Escuché el mensaje que me preguntaba a qué hora llegaría. Todas las emociones volvieron a mi. La llamé de vuelta. Los dos estábamos en entrenamiento para ser psicólogos, por lo cual lo primero que le dije fue, “si yo fuera mi paciente, me internaría en un hospital”. Ella me hablo tranquilamente, pero note que comenzó a llorar. Se quedo conmigo en el teléfono hasta que estuve cerca de la casa. Me esperó en la puerta. La abrace y comencé a llorar. Un mar de lágrimas dejo sus hombros empapados. No sé por cuanto tiempo quedamos así. Seguía llorando con todas mis fuerzas. Parecía una eternidad. Sentía como que todo el peso sobre mis hombros iba desapareciendo. Cuando me tranquilicé, le conté que cuando por fin enfrenté mis temores y decidí salirme a mis padres, mis hermanos confirmaron mis miedos. El hecho de que ellos temían lo mismo que yo me hacía pensar que los temores eran justificados. Yo sería culpable del sufrimiento de mis padres por el resto de sus vidas. Arruinaría a mi familia. Toda mi vida había vivido con el objetivo de ser perfecto ante los ojos de otros. Tenia un secreto que debía guardar con mi vida. Pero ahora el secreto desaparecería. Todos me verían por quien era en verdad. Esto podría ser el paso mas liberador de mi vida, o el momento en que todo se iría a la mierda.

Decidí que no podía seguir viviendo en temor, ni podía seguir viviendo con secretos. Me desperté de las emociones anestesiadas y acepte el desafío que estaba frente mío. Igual, quería respetar las opiniones de mis hermanos. Les escribí, contando parte de lo que había vivido en la semana anterior. Les dije que tenia dos opciones: viajar al Paraguay y hablar con mis padres o postergar el viaje y quedarme en los EEUU por navidad. No podría volver a verlos y callarme. Mis hermanos entendieron. Claro que no tenían idea de que sus respuestas habían tocado una herida tan profunda. Uno de ellos me pidió que hable con el pastor de mis padres antes de hablar con ellos. Acepté y confirmé mis pasajes.

(Esta historia continúa aquí: La conversación más difícil de mi vida)

6 pensamientos en “La oscuridad antes de mi amanecer

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  6. Your blog is inspiring. I grew up in a Mennonite Colony in Brasil (Colonia Nova) Im now living in LA. My Paraguayan friend sent me the link to your blog as we were talking about homosexuality in the church.

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